domingo, 29 de enero de 2012

A destajo

Era aquí, en la calle Fuente Podrida, donde vivían mis abuelos, Rosario y Eduardo.

Vivieron en el Cabanyal de Valencia, este trocito de la ciudad que sigue estando en peligro, hoy en día, de perder parte de su historia. Son esas historias las que tejen la vida en las ciudades.
Parte de esas historias queda impregnada en cada pared, en cada rincón. Una de esas historias es la de mis abuelos.
Llegaron al barrio a vivir con mi bisabuela en un tercer piso en una de las fincas de los bloques Blocs Platja. Cerca de la playa, cerca del puerto, cerca de la calle de la Reina, relativamente cerca del mercado del Cabanyal, cerca del corazón de Valencia.
Ambos tenían oficios similares, mi abuela era modista y mi abuelo sastre. Un elemento que siempre estuvo presente en su casa fue la máquina de coser, de las de pedal, de las que se movían a base de mover las piernas, nada de máquinas eléctricas. También formaba parte de sus vidas una pequeña mesa de corte que guardaba en sus cajones dedales, jaboncillos, metros, patrones, mangueros, alfileres, agujas y muchas, pero muchas, bobinas de hilos. De muchos y variados colores, de diferentes marcas, de diferentes tipos, de diferentes grosores, … De muchos y variados colores, como las historias que tejían, tejen y tejerán la vida en las ciudades, la vida en el Cabanyal.

Mi abuela cosía en casa, pero era también ama de casa. No cocinaba demasiado bien pero aún recuerdo lo buena que le salía la ensaladilla rusa. Su truco era añadirle cebolla troceada muy pequeñita. Mi abuelo trabajaba fuera de casa. Fumaba unos puros apestosos de los que si te rozaba su humo, no conseguías quitarte el olor de encima de ninguna forma. 


Pero no solo fuera de casa, también cosía a destajo gabardinas de niño. Utilizaba la máquina del cuartito de coser.
Todas las que podía coser seguidas. Cuantas más cosiera mejor, más dinero suponían. Luego se vendían en unos grandes almacenes del centro de Valencia, lejos del Cabanyal, lejos de la realidad de un barrio formado por familias que, como mis abuelos, tenían varios trabajos. De esa manera se conseguía vivir más comodamente. Bajar al ultramarinos y comprar, bajar al mercado y comprar, apuntarse a la falla, …

Yo, a veces, llevaba ropa cosida por ellos, a veces picaba un poquito, si eran tejidos de invierno. No me gustaba cuando me probaban las prendas antes de acabarlas, a veces me pinchaba, me imagino que al ser pequeño no me estaría quieto.

Recuerdo las tardes en las que mi tío nos grababa con el tomavistas mientras bailábamos o cantábamos alguna canción. Cuando, en verano, mis padres no levantaban pronto los sábados, nos preparaban y con el cesto lleno de agua fresquita y fruta, nos llevaban a la playa de la Malva Rosa y allí estábamos hasta la hora de comer. En casa de mis abuelos nos quitábamos la arena y el salitre. Y a veces el tarquín, pero esas manchas negras solo salían con aceite de oliva y era mi madre la que con mucha paciencia y un algodoncito empapado nos limpiaba los pies o donde llevásemos la mancha.

Todo esto siempre oliendo a puro. Era el olor característico de la casa de mis abuelos. Estábamos acostumbrados y no nos resultaba raro.
Era fácil salir de allí con hilos pegados a la ropa. Hebras que habían sobrado de coser alguna costura o de pegar algún botón.
Habían muestrarios de tejidos, eran como pequeños libros, que pesaban muchísimo y en lugar de hojas los formaban pedazos de tela. Eran telas oscuras, paños y lanas, todo muy sobrio, no había lugar para los colores vivos. Se trataba de coser a destajo, de coser muchas gabardinas, todas las que se pudiesen coser.

Recuerdo las fallas, recuerdo pasarme la mañana entera tirando petardos. Recuerdo las navidades, la cena de Noche Buena, el día de Reyes, los regalos y los nervios que teníamos antes de verlos.
Recuerdo el chocolate en invierno y la malta congelada, la horchata en verano.
La revista TP, la primera vez que vimos el teletexto, las películas grabadas de la tele en VHS que veíamos una y otra vez.

Son esas historias las que tejen la vida, componen recuerdos y convierten en valor sentimental los sitios, los colores, los olores, los sabores.

“Tejidos” que, por lógica se deben proteger, se deben mimar y conservar. Nunca le arrancaría a nadie sus recuerdos, nunca obligaría a nadie a abandonarlos o dejarlos atrás. Están en nuestras mentes, allí se mantienen pero se gestaron en los sitios, en las calles y en los rincones. Los míos, los de mi infancia, en el Cabanyal. Forman parte de lo que soy ahora, de lo que he sido y de lo que seré.

Mi abuelo cosía a destajo. Mi abuelo trabajaba en casa también. Por él, teníamos hilos pegados en los camales, que nos llevábamos a casa, como los recuerdos.
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