domingo, 6 de enero de 2013

Gordo

A petición de muchas de mis mejores amigas, hoy voy a hablar de mi, voy a contar mi verdad (me encanta la frasecita, muy adecuada para cualquier entrevista en plan SALVAME DELIPLUS).

En primer lugar:  YO ERA GORDO.

Pero no un poquito, no, gordo gordo gordo, pero con papeles. Gordo profesional. Gordo de esos que es más fácil saltarlos que darles la vuelta. De los que tienen campo gravitatorio propio.
Por motivos que no vienen al caso, atravesé una etapa de mi vida en la que me refugié, todo yo, en la comida (por suerte para mi no me dio por pintarme los ojitos con sombras azules...). Me refugié tan intensamente que llegué a pesar 140 kilos.
Ahora es cuando se hace silencio en la sala y todos y cada uno de vosotros intentáis imaginaros un gordo de 140 kilos con mi cara (sin duda alguna sería un gordo muy guapo).


No hay muchas fotos de esa época, pero alguna hay.

He de confesar que en ese momento yo tampoco me veía tan mal. Quizás mi mente me protegía del dolor de verme en el espejo y ser una ballena. El caso es que no me importaba demasiado mi físico (esto es aquello de: FROM LOST, TO THE RIVER, de perdido al río). Qué más me daba mi físico si ya era un desastre?

Antes de llegar a este extremo, mi peso normal, desde el instituto, siempre osciló entre los 75 y los 80 kilos. Que quede claro que no siempre fui un fenómeno.


Pero sigamos con mi verdad...
Estando con esos 140 kilos encima, llegó el día en el que me costó salir de un coche. Una acción que se hace en unos segundos y que a mi me resultó eterna. Puede parecer extraño, pero en ese mismo momento tomé conciencia de mi gordura, de mi cuerpo, de lo que estaba suponiendo esa cantidad de kilos repartidos por todo mi cuerpo serrano. En ese preciso instante asumí que estaba (y era) gordo.

Tomar conciencia es un ejercicio que recomiendo a todo el mundo. De vez en cuando hay que obligarse a asumir la realidad. Suele darte una buena bofetada, pero espabila que no veas.

Tras el episodio del coche decidí que había que tomar cartas en el asunto. Llegando a este punto quiero dejar bien claro QUE NO SOY ENDOCRINO, NI DIETISTA, NI NUTRICIONISTA, NI NADA PARECIDO.
Lo primero que hice fue hacerme una analítica de sangre que salió completamente correcta. Ni colesterol, ni azúcar, ni ninguna otra cosa destacable. Era un gordo sano.

El primer paso que di fue comer mejor. Este es fácil: no picoteo-no pan por la noche-menos carne y más pescado-menos pasteles y más fruta. Y algo de lo más simple pero de lo más efectivo: CAMBIÉ LA SIESTA POR UNA HORA DE ANDAR todos los días durante meses. Solo estas dos decisiones me hicieron perder más de 20 kilos en medio año.

La transformación estaba en marcha.


Bajar 20 kilos me devolvió gran parte de la autoestima que había ido quedando enterrada bajo kilos y kilos de grasa y reuní el valor necesario para apuntarme al gimnasio. No es fácil para un gordo sudar delante de gente que tiene el cuerpo cincelado a base de esfuerzo y horas de ejercicio. Aunque parezca una tontería es complicado ser el gordo del gimnasio.

Durante varios años acudí al gimnasio entrenando por mi cuenta. Siendo testigo de como a veces resultaba muy efectivo y otras no tanto, lo que me desanimaba mucho y hacia disminuir en mi las ganas de seguir mejorando mi físico.

Determinado día de Mayo del año 2011 me atropelló un coche. Mi vida cambia en segundos y conozco las "delicias" de la rehabilitación.
El ejercicio pasa de ser un complemento secundario en mi vida a suponer la diferencia entre cojear o no.
Todo cambia.
Ahora, bajar de peso ya no será por estética, que también. Bajar de peso ayudará a mi rodilla derecha a trabajar mejor y con menos desgaste.
Empiezo a acudir al gimnasio todos los días, de lunes a sábado, incluyendo ejercicios recomendados por una fisioterapeuta dentro del agua (es importantísimo tener cerca a profesionales y seguir sus consejos).
Incluir el deporte en mi vida diaria hace que los resultados se optimicen y cada vez me siento más animado. Hacer deporte también se convierte en un reto conmigo mismo, quiero ver hasta donde soy capaz de llegar teniendo en cuenta mis limitaciones de edad, genética, flexibilidad,... no todos somos Madonna.


Por secuelas del accidente, hay ejercicios que me sobrecargan la rodilla. En el gimnasio al que acudo, Body Factory, hay monitores siempre dispuestos a echarte una manita con las dudas que te puedan surgir durante los entrenamientos (o en esos momentos en los que te pones de perfil en el espejo de la sala de musculación y haces posturitas...). Por mis molestias en la rodilla consulté con uno de los entrenadores personales (personalmente creo que el mejor del gimnasio), Johanni Arias. A parte de los consejos que me dio, me ofreció la posibilidad de compartir con él una sesión de entrenamiento.

Tras finalizar dicha sesión, y darme cuenta de que hasta ese preciso instante no había entrenado en serio, contraté sus servicios. Me puse en sus manos y sucedió. 
Nunca he sudado tanto, nunca me he tenido agujetas en tantos sitios a la vez, nunca he sentido el cansancio tan intensamente ni la satisfacción del trabajo bien hecho (en lo que al trabajo físico se refiere), como en sus sesiones de entrenamiento.


Nunca podré agradecerle lo suficiente todo lo que he conseguido gracias a él. No se trata solo de sentirse mejor, es una cuestión mucho más extensa. Y pecando de vanidoso, hoy quiero confesar que el hecho de ir por la calle y cruzar la mirada con gente que te mira con ojos golositos, es una sensación MARAVILLOSA, ya se lo que siente Elsa Pataky cuando hace la compra en Mercadona (o lo que siente una Oreo cuando Mariah Carey abre su despensa y se dispone a merendar...).

La conclusión que saco de toda esta experiencia es la siguiente: lo más importante es el esfuerzo, el camino que se anda durante ese proceso, no dejar de intentarlo. Es muy Disney, pero es así, y sinceramnete creo que se puede aplicar en todos los aspectos de la vida.

Ya no soy gordo.



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